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HACE 50 AÑOS. MUHAMAR QADDAFI LLEGABA AL PODER
Perfil online – Sección El Observador
01/09/19

Muhamar Qaddafi se hizo notar públicamente el 1 de septiembre de 1969 cuando, junto con otros oficiales libios y contando apenas 27 años de edad, derrocó a la monarquía del Rey Idris al-Sanusi, mientras éste vacacionaba en Turquía. El gobierno fue desbandado, la constitución fue anulada y una nueva república, proclamada. Desde el primer día, el nuevo líder libio prometió una nueva era, tal como quedó contenido en el primer documento emitido el día del golpe: en la República Árabe Libia “nadie será aterrorizado, nadie engañado, nadie oprimido, no patrones, no sirvientes, sino hermanos libres”. Unas pocas semanas más tarde, Qaddafi proclamó la autoridad del pueblo al decir que “la revolución es una revolución popular… El pueblo es el maestro, el pueblo es el pionero, el pueblo inspiró a las fuerzas armadas… y el pueblo es el gobernante… el ´rey de reyes´”.

Pero no todos estaban convencidos. De hecho, tan sólo dos meses después del golpe, ministros del nuevo gabinete intentaron destituirlo. En respuesta, el Coronel aprobó la Ley para la Protección de la Revolución según la cual hacer campaña contra el estado era una ofensa criminal, tal como incitar al odio, esparcir falsedades o manifestarse y hacer huelgas. “La ejecución es el destino de cualquiera que forme un partido político” advirtió Qaddafi desde Trípoli. De por cierto que hubo ahorcamientos públicos de opositores y otras formas de opresión. Asumió los roles de primer ministro y ministro de defensa y se rodeó de asociados de confianza y familiares. Los británicos intentaron derrocarlo por medio de mercenarios belgas y franceses, pero el plan fracasó cuando agentes yugoslavos lo desbarataron. A lo largo de los años, Qaddafi sobrevivió al menos ocho intentos serios de golpe de estado y varios complots de asesinato.

En los años siguientes, Qaddafi implementó una campaña de arabización e islamización de la sociedad para erradicar toda influencia occidental. Prohibió la enseñanza escolar en cualquier idioma que no fuera el árabe. Removió los carteles callejeros de signos latinos, vedó el consumo de bebidas alcohólicas, cerró teatros y salas de conciertos, clausuró las bases militares de Estados Unidos y Gran Bretaña, nacionalizó los bancos extranjeros y se apropió de la comercialización del petróleo. Transformó a la catedral de Trípoli en una mezquita y a la catedral de Benghazi en los cuarteles centrales del Gremio Socialista Árabe. Hizo derribar una antiquísima estatua romana de Septimus Severus y otros tesoros culturales. También expulsó a las comunidades judías e italianas y confiscó sus propiedades. En un acto especialmente humillante, obligó a los italianos a desenterrar a sus muertos y llevárselos del país, y se aseguró de emitir el macabro espectáculo por televisión.

Durante un discurso dado en la localidad de Zawara en abril de 1973, Qaddafi declaró los cinco puntos fundamentales de su revolución ideológica: el reemplazo de la ley civil por la ley religiosa islámica, purgar al país de los enfermos políticos, la creación de una milicia popular para proteger la revolución, el lanzamiento de una revolución administrativa y otra cultural. Hizo su anuncio el mismo día de un aniversario del nacimiento del profeta Mahoma y sus cinco puntos pretendían remitir a los cinco pilares del islam. Unos años después encargaría al músico de la corte que compusiera una canción llamada “Mensajero del Desierto Árabe”. Más adelante en el tiempo, el régimen publicaría una estampilla con la imagen de Qaddafi montado a un caballo blanco que parecía estar apuntando al cielo, una alusión al relato islámico de Al-Buraq, la bestia alada que transportó a Mahoma en su vuelo nocturno de Meca a Jerusalem.

Mientras que en el plano doméstico Libia estaba ingresando a una era caótica y dictatorial, en el plano de las relaciones exteriores estaba por involucrarse en múltiples conflictos ajenos y enredarse en varias disputas bilaterales. Qaddafi aspiraba a unir a su patria con otras naciones árabes y crear un súper-estado árabe-musulmán. Sus intentos -con Egipto, Siria, Túnez, Sudán, Marruecos- terminaron en fracasos políticos y enemistades manifiestas con otros líderes. A lo largo de su alocada gestión, según ha documentado la académica inglesa Alison Pargeter en Libia: El ascenso y caída de Qaddafi, el Coronel invadió Chad, luchó junto a Uganda contra Tanzania, fomentó una insurrección en Nigeria y creó el “Frente de Constancia y Confrontación” contra Egipto tras el pacto de paz del Cairo con Israel. Amenazó con atacar Malta cuando petróleo fue descubierto en el mar Mediterráneo que separa a ambas naciones. Rompió relaciones con Arabia Saudita, a quien necesitaba para expandir su pan-arabismo, por sus vínculos con Estados Unidos, e intervino a favor del chií Irán durante la guerra con Irak, a pesar de que la población libia es mayormente suní. Trípoli fue un importante cliente de armas rusas, dando así la espalda a los chechenos musulmanes insurrectos.

Qaddafi apoyó tal cantidad de movimientos secesionistas y terroristas en todo el mundo -en Líbano, Palestina, Eritrea, Chad, Egipto, Sudán, las Islas Canarias, Gales, Angola, Tailandia, Nicaragua, Argentina, Italia, Córsica y Sardinia- que parecía ser como un Fondo Monetario Internacional para gobiernos ilegítimos, comentó el escritor satírico Joe Bob Briggs. “Lo que es extraño sobre estos años”, agregó, “es que uno no puede discernir un propósito abarcador en nada de ello, excepto quizás Desestabilizar al Universo Entero, como un villano en una película de James Bond”. En 1973 sugirió torpedear el barco inglés Queen Elizabeth II mientras transportaba judíos a Israel para celebrar el 25 aniversario del pequeño país. Cierta vez denunció que Occidente podría querer conquistar Libia porque tenía las playas mejor ubicadas bajo el sol. Estableció el Premio Qaddafi a los Derechos Humanos aun cuando había enviado escuadrones de la muerte a liquidar disidentes en Los Ángeles, Roma, Londres, Atenas, Beirut, Bonn y Milán. (También creó el Premio Mundial Qaddafi de Literatura). Recibió con honores en su tierra a los cuerpos de los terroristas palestinos abatidos que mataron atletas israelíes en las Olimpíadas de Múnich. Hizo estallar en el aire un avión de Pan Am, uno de UTA, uno de Libia y una discoteca en Berlín. Cuando el gobierno de Ronald Reagan bombardeó su residencia personal en 1986, provocando la muerte de una de sus hijas, Qaddafi declaró que era legal comer a soldados estadounidenses, puesto que éstos eran animales.

El Coronel lanzó un programa de armas de destrucción masiva que abandonó tras las invasiones norteamericanas de Irak y Afganistán. Al cabo de pagar reparaciones por algunas de sus acciones terroristas fue readmitido a la familia de las naciones. El líder árabe solía desplazarse con su mega carpa beduina y delegaciones abultadas. En ocasión de una visita a Paris en 2007, por ejemplo, se hizo acompañar por cuatrocientos funcionarios repartidos en cinco aviones y la prensa reportó que llevó consigo un camello sahariano para “saludar a los visitantes en la verdadera tradición del desierto”. También lo acompañaban en sus visitas al extranjero una coterie de guardianas mujeres, denominadas las amazonas, a muchas de las cuales él mismo sometió sexualmente. Como ha informado la periodista francesa Annick Cojean en Las cautivas: el harén oculto de Qaddafi, solía visitar escuelas secundarias y palmear a alguna niña con cariño; señal para sus guardianas de que la llevasen a su morada esa misma noche. Violó a las esposas e hijas de sus propios generales y usó el sexo como herramienta de opresión política.

La Enciclopedia Política del Medio Oriente lo describió como “un agresor arquetípico, un líder inestable, frenético e impredecible”. David Sullivan, un investigador privado norteamericano que vivió en Libia, dijo que Qaddafi era un loco que transformó a aquella nación árabe en un manicomio. El presidente Ronald Reagan oportunamente lo tildó de ser el “perro rabioso del Medio Oriente”. El corresponsal brasilero Andrei Netto lo definió como “el Osama bin Laden de los 1980s”. El veterano periodista Jon Lee Anderson vio en el “una figura desquiciada” a la que bautizó “el Michael Jackson de la política global”. Y Oriana Fallaci fue implacable: “Es estúpido. Es clínicamente estúpido... Es el más estúpido de todos”.

En el análisis final, su ambición desmedida fue infructuosa. Sus asonadas golpistas no provocaron la caída de ningún gobierno. Ninguno de los grupos separatistas que apoyó alcanzó su independencia, ni campaña terrorista alguna que él alentó quebró la voluntad de nación alguna. Sus ilusiones panarabistas y panislámicas no se cristalizaron, mientras que las consigas de su Libro Verde sólo fueron aplicadas, a la fuerza, en Libia, y abandonadas tras su muerte. “Qaddafi ha cosechado amargura y destrucción sin obtener ninguno de sus objetivos” observó el experto en asuntos meso-orientales Daniel Pipes. “Mayor futilidad apenas puede imaginarse”.

Febrero de 2011 marcó el inicio del fin del régimen Qaddafista. Motivada por las revueltas que estaban ocurriendo en otros países del Medio Oriente, la generación joven de Libia salió a las calles a manifestarse pacíficamente a favor de un cambio democrático. La mayor de estas movilizaciones aconteció en Benghazi, históricamente enemistada con la región occidental del país y su capital, Trípoli. En una vuelta de tuerca del destino, la ciudad desde la que Qaddafi había anunciado su golpe militar exitoso 42 años antes, gestó su caída. El Coronel acusó a los rebeldes de estar bajo los efectos de alucinógenos que alguien había metido en su café con leche y reprimió con ferocidad. Sólo durante la primera semana de sublevación popular, cientos de manifestantes fueron muertos a tiros por el ejército. A mayor desafío popular, más delirante parecía ponerse el líder. “Ellos me aman, todo mi pueblo está conmigo. Toda mi gente me ama” declaró a un periodista inglés. Y También: “Ellos morirían para protegerme”. De por cierto que muchos libios murieron. No por él, sin embargo, sino a su causa. Hallado oculto en una cloaca en las afueras de Sirte en octubre de aquél año –a doscientos cincuenta días exactos desde el inicio de las revueltas- Qaddafi fue empalado, linchado y tiroteado sin piedad.

Para un hombre que había profetizado “la era de las masas” (la Jamahiriya, palabra de su invención), y que incluso había rebautizado a Libia como Al-Jamahiriya al-arabiyya al-Libiyya al-Shaabiyya al-ishtirakiyya (“Gran Jamahiriya Árabe Libia Popular Socialista”), puede decirse que su muerte en manos del pueblo fue un acto de brutal justicia poética.

Julián Schvindlerman: Profesor Titular de Política Mundial en la carrera de Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Palermo.