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El Archivo Secreto Vaticano, Pío XII y Francisco (20/03/19)

Por décadas, historiadores han estado pidiendo al Vaticano la apertura de sus archivos secretos relativos al pontificado de Pío XII. El pasado 4 de marzo el Papa Francisco informó que dentro de un año el Vaticano los abrirá. “Con la misma confianza que mis predecesores, abro y confío este patrimonio documental a los investigadores” indicó.

En la medida en que la iniciativa del Papa sea completa -y no editada selectivamente con el fin de arrojar luz exclusivamente sobre los aspectos positivos del pontificado de Pío XII- este paso dado por Francisco merece ser aplaudido y considerado un punto de inflexión histórico. Sin embargo, hay bases para el escepticismo, pues Roma lleva varios años ya intentando beatificar a Eugenio Pacelli, para disgusto de la comunidad judía mundial y la comunidad de expertos en el Holocausto. Cabe notar que los sucesores de Pacelli -Juan XXIII (1958-1963), Paulo VI (1963-1978) y Juan Pablo II (1978-2005)- ya fueron canonizados.

El proceso de beatificación de Pío XII comenzó en 1964 en el seno de un conflicto interno entre progresistas y conservadores. Eran tiempos del Concilio Vaticano II, y los primeros quisieron canonizar a Juan XXIII mediante un acto de aclamación. El Papa Pablo VI decidió elevar a consideración de la Congregación para la Causa de los Santos al polémico Pío XII junto al propuesto Juan XXIII. A los jesuitas les fue asignado el primero de los procesos y a los franciscanos el segundo. En septiembre de 2000 y ante cien mil peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro, Juan Pablo II beatificó simultáneamente a Juan XXIII y a Pío IX, supuestamente en reemplazo de Pío XII. La comunidad judía aplaudió la beatificación del primero y lamentó la del segundo. Como se recordará, durante su largo pontificado Pío IX confinó a los judíos al gueto de Roma, públicamente se refirió a éstos como los “perros hebreos”, y aprobó el secuestro del niño judío Edgardo Mortara.

A principios de los años sesenta, el Papa Pablo VI conformó un equipo de sacerdotes de diversos países con el objeto de seleccionar para publicación documentos diplomáticos del período de la guerra en posesión de la Santa Sede. El proyecto pretendía contrarrestar las acusaciones relativas al silencio de la Iglesia Católica durante la Segunda Guerra Mundial, y en consecuencia era defensivo en su naturaleza. El resultado de esa iniciativa fue la publicación, entre 1965 y 1981, de Actes et Documents du Saint Siège Relatifs á la période de la Seconde Guerre Mondiale, compuesto de once volúmenes de documentos publicados en el idioma original, con comentarios en francés.

En marzo de 1998, el vaticano publicó Noi Ricordiamo, un largamente esperado pronunciamiento sobre el Holocausto, en el cual defendió la conducta de Pío XII entre 1939-1945, atribuyéndole haber salvado cientos de miles de vidas judías, sea por intervención personal o por delegación de gestiones. Ese guarismo fue severamente disputado por académicos especializados en estudios del Holocausto.

En 1999, la Santa Sede conformó una comisión histórica de seis renombrados académicos (tres judíos y tres católicos) para determinar la verdad de los hechos por su papel en la Segunda Guerra Mundial. Previamente, Juan Pablo II había expandido el período de apertura de los archivos secretos que regía hasta 1891 y lo estiró hasta 1922; el período relevante seguía inaccesible para los investigadores. El proyecto no prosperó.

En el año 2000, el Papa Juan Pablo II visitó Yad Vashem en el marco de su viaje histórico a Israel. El Papa comenzó su discurso con un párrafo de cuatro renglones en el que cuatro veces mencionó la palabra “silencio”. En el contexto de su mensaje lucía inobjetable. Pero a la luz del pasado controvertido “silencio” de Pío XII fue llamativa la reiterada mención. “Su Santidad, la mía es una nación que recuerda”, replicó el Primer Ministro Ehud Barak, “Y el silencio no fue sólo de los cielos”.

En 2007, la Congregación para las Causas de los Santos aprobó la proclamación de las “virtudes heroicas” de Pío XII. En ocasión del cincuenta aniversario del fallecimiento de Pío XII, el diario vaticano y Benedicto XVI defendieron públicamente su gestión durante la Segunda Guerra Mundial. En una misa solemne realizada en octubre de 2008 ante el Sínodo Mundial de Obispos, y luego de haber rezado en la tumba de Pacelli, Benedicto XVI dijo “oramos para que prosiga felizmente la causa de beatificación del Siervo de Dios Pío XII”. Por primera vez en la historia de un Sínodo de Obispos participaba un judío, el Rabino principal de Haifa She´ar Yashuv Cohen, invitado especial del Papa. “Nos duele” dijo a colación, “pero no podemos aprobar que semejante líder de la Iglesia sea ahora honrado”.

Benedicto XVI viajó a Israel en mayo de 2009. Como era de esperar, fue a Yad Vashem. En su discurso, al igual que Juan Pablo II hiciera anteriormente, Benedicto XVI subrayó la importancia del silencio. “Queridos amigos, estoy profundamente agradecido de estar aquí, en silencio: un silencio para recordar, un silencio para orar, un silencio para esperar”.

Posteriormente, en diciembre de 2009, el Papa firmó decretos correspondientes a un martirio, diez milagros y diez virtudes heroicas; un procedimiento pontificio habitual que hubiera pasado desapercibido para el mundo judío de no ser porque entre estas últimas incluyó a Pío XII, destrabando así su beatificación. En un acto diseñado para suavizar las reacciones, Benedicto XVI hizo venerables simultáneamente a Juan Pablo II y a Pío XII. Cuando Francisco visitó Yad Vashem en 2014, no hizo referencias a este silencio.

Los esfuerzos vaticanos por beatificar a este polémico pontífice lucen orientados a cerrar toda discusión sobre su pasado al pretender dotar las limitadas gestiones de Pacelli en pos de los judíos perseguidos con un halo de heroicidad, que podría a su vez ser premiado eventualmente con la santidad. La apertura de los archivos vaticanos relativos al pontificado de Pío XII echará una muy necesaria luz sobre su comportamiento durante la Segunda Guerra Mundial; siempre y cuando la apertura sea absoluta y el acceso a los investigadores, irrestricto. Si así fuere, la determinación del Papa Francisco será recordada como un paso muy valiente. .