Ernesto Tenembaum cita a Julián Schvindlerman en Infobae – Mayo 2017
Griselda Siciliani y el desfile del "como si nada hubiera pasado"


El sábado por la tarde, la talentosa actriz Griselda Siciliani expresó, de manera moderada y respetuosa, su incomodidad ante el desfile militar que se realizaba en la Avenida del Libertador. Inmediatamente, recibió centenares de insultos destemplados -un clásico de las redes sociales-, como si su reacción mereciera algún tipo de castigo.

Pues bien.

Tal vez sea una obviedad, o un desatino.


Pero estoy entre las personas a las cuales la reacción de Siciliani le pareció apropiada y pertinente. Porque el desfile militar del sábado fue insensible e irrespetuoso. Y creo que mucha gente compartirá esa idea si se detiene unos minutos a pensar más allá de la bendita grieta.

La Argentina es una sociedad muy inclinada a discutir alrededor de símbolos, sobre todo después de la última dictadura: qué feriados se deben festejar, qué monumentos se deben erigir o desplazar, qué números se deben aplicar, de qué manera se deben llamar a las cosas. Sin embargo, cualquiera que conozca algo de la historia judía reciente, sabe que no se trata de un rasgo excepcional.

Valen dos ejemplos. Mucho antes de que se discutiera si fueron o no treinta mil los desaparecidos, el mundo entero debatió si los judíos asesinados durante el holocausto fueron o no seis millones. No hay una investigación histórica concluyente que determine un número exacto de víctimas. Sin embargo, en el mundo occidental hay cierto consenso de no discutir el tema porque hiere a sobrevivientes, familiares y a todos los que han hecho propio su dolor.

Tal vez ese consenso haya sido irracional.

Tal vez se haya vulnerado así la verdad histórica o la libertad de expresión.

Pero es lo que ocurrió. Y no fue un gesto de estalinismo, sino de cuidado, de piedad, de comprensión.

El segundo ejemplo es aún más profundo. Todavía hoy, más de setenta años después del final del holocausto, en Israel se discute si se debe o no tocar libremente música de Wagner y de Strauss, pese a los reiterados pedidos de geniales músicos judíos de todo el mundo, que se han destacado incluso en Israel, como Zubin Metah o el argentino israelí Daniel Baremboim (1). Wagner murió antes de la llegada de Hitler al poder pero su música sonaba en algunos campos de concentración. Strauss fue nazi. Está claro que la ejecución de sus composiciones, per se, no va a producir un nuevo holocausto. Y que la prohibición implícita de hacerlo vulnera la libertad artística. Pero, en el medio de todo esto, están las víctimas, su dolor lacerante que, por momentos, produce consecuencias autoritarias: de eso no se habla, eso no se discute, eso no se mira, no se escucha, no se toca. Así, las cosas, desde 1938 que la música de Wagner no se interpreta en el Estado Judío sin que el episodio esté rodeado de una polémica muy agresiva.

Esos dos dilemas no necesariamente fueron bien resueltos. En realidad, eso está en la lógica intrínseca de un dilema: no tienen solución sin costo. ¿Quién sabe cuánto se debe respetar el dolor y cuánto debe primar la libertad de que cada uno escuche la música que quiera? ¿Cuál es el punto exacto donde se respeta al máximo a los unos y a los otros?

Por eso, dado que los símbolos en casos tan sensibles generan dilemas, mejor administrarlos de manera inteligente, sobre todo cuando alguien ocupa la conducción de un país. Naturalmente, vivimos en libertad y cada cual puede organizar el show que le plazca. Pero ese derecho merece algo de reflexión cuando quien lo ejerce está a la cabeza del Estado. No se trata de prohibir nada a nadie pero a veces, aunque parezca contranatura, el poder debe tener corazón. Y eso no es lo que ocurrió el sábado.

Un desfile militar, para la sociedad argentina, no es un hecho cualquiera. Es cierto que se trata de una larga tradición, y que todos los mayores de cincuenta hemos sido llevados alguna vez a un desfile de la mano de nuestros padres o como alumnos el día de la Bandera. Pero desde 1983 no se realizaban. Y eso ocurría por una razón obvia. Entre la época en que nos llevaban de la mano a ver los desfiles y la llegada de Macri al poder, ocurrió la peor tragedia de la historia argentina: la represión ilegal.

Dado ese antecedente, es todo un detalle que en los desfiles militares organizados por el macrismo todo ocurra como si nada hubiera pasado, como si, alegremente, todo podría volver a ser como era entonces, cuando presuntamente éramos tan felices porque nuestros padres nos llevaban a ver a los militares desfilar con banderitas de plástico en las manos.

La sociedad argentina se debe aún un debate, que tal vez no sea prioritario, sobre el rol de las Fuerzas Armadas. Desde la guerra de la Independencia no está muy claro para qué sirven. Participaron de dos guerras absurdas: Malvinas y la guerra del Paraguay. Luego fueron una espada de Damocles para la democracia, hasta que en los noventa Carlos Menem directamente las eliminó como fuerza de presión política. Fueron claves en la conquista del Desierto y en la represión de los setenta. Como mínimo, no se entiende para qué sirvieron. Por si fuera poco, no tuvieron ninguna relación con la conformación de la Primera Junta de Gobierno, ya que el Ejército se fundó después. Más aún: la Revolución de Mayo fue de las pocas que no produjeron muertos, se formó un gobierno patrio sin disparar un tiro. Es difícil de entender la razón del desfile militar en ese día.

Pero, si por la razón que fuese, un gobierno cree que deben volver los desfiles, en medio de ese símbolo tan polémico debería estar registrada la historia reciente, contemplado el dolor de las víctimas, lo que ocurrió entre ese pasado supuestamente feliz y la decisión de suspender estas demostraciones. ¿Hubo un minuto de silencio por los desaparecidos? ¿Hubo alguna expresión de autocrítica por lo que ocurrió? ¿Hubo un cartel que dijera Nunca Más en medio de las trompetas? ¿En qué momento del desfile se pudo apreciar que las Fuerzas Armadas registraron que algo pasó, al menos para serenar cualquier duda? Con ese solo gesto simbólico, el problema estaría salvado.

Y si nada de eso ocurre, uno puede preguntarse por qué. ¿Qué quiere decir ese silencio? ¿Que repudiar la represión ilegal es aún un tema conflictivo para la familia militar? ¿Y entonces? ¿Qué estamos festejando? ¿Cambiaron o no cambiaron? En síntesis: ¿no hay motivos para sentirse incómodo ante ese símbolo polémico, manejado de manera tan frívola por el Gobierno?

En los 33 años que lleva la democracia argentina, sus logros en relación con lo ocurrido durante la dictadura, son gigantescos. En principio, este es el período más largo de libertad política de la historia. Además, la mayoría de los torturadores y asesinos están presos, en un ejemplo único en el mundo de que la libertad no debe canjearse por impunidad. Ya no existe el poder militar. Ningún ciudadano está obligado a servir a las Fuerzas Armadas. Más de 120 niños robados a los han recuperado su identidad y sus apropiadores fueron condenados. Y hay una sólida condena social a ese período histórico.

En ese contexto, la década kirchnerista añadió un elemento muy agresivo: su utilización para callar voces, su manipulación para tratar de definir conflictos menores del presente y, además, una reivindicación velada de los movimientos guerrilleros que funcionaron entre 1973 y 1976. Era natural que el cambio de Gobierno introdujera una visión más abierta e inclusiva que la de sus antecesores. Sin embargo, esa visión matizada, tal vez sanadora, parece muchas veces retroceder frente a hechos poco entendibles como la discusión apasionada sobre el número de 30.000 desaparecidos, la falta de colaboración para que el esclarecimiento sobre lo ocurrido en la dictadura llegue a las escuelas, las declaraciones presidenciales sobre "el curro de los derechos humanos" o el célebre "no tengo idea de cuántos fueron", el manoseo del feriado del 24 de marzo, la permanencia en su cargo de un funcionario que negó la existencia de un plan criminal, el desmontaje de reparticiones que colaboraban con la búsqueda de la verdad o el primer respaldo, luego retirado, al fallo del dos por uno. Esos gestos del gobierno nacional no fueron reproducidos, afortunadamente, por las administraciones de Cambiemos en la provincia de Buenos Aires y en la capital del país.

En este contexto, es muy lógico que muchos argentinos se sientan tan incómodos frente al desfile como se sintieron insultados por la designación de César Milani al frente del Ejército o indignados ante el escándalo de Sueños Compartidos. No se trata, una vez más, de ser kirchnerista o antikirchnerista: el bien y el mal muchas veces están por encima de esas categorías tan efímeras.

Es cierto que el uniforme de los generales lo usó San Martín. Pero también lo usó Videla. Contar la mitad de la historia es, siempre, sesgado. Y eso ocurrió el sábado, en la Avenida del Libertador, en el desfile del "como si nada hubiera pasado".

(1) En 1999, Daniel Barenboim tocó una pieza de Wagner durante un concierto dado en Israel al mando de la Staatskapelle de Berlín. Previo a su arribo al país, se le había solicitado expresamente que no lo hiciera y el conductor dio a entender que aceptaba aquel pedido, para terminar haciendo lo opuesto de modo sorpresivo. Al final de un concierto dedicado a Schumann y Stravinsky, Barenboim se dirigió a la audiencia en hebreo y preguntó si le gustaría escuchar una pieza de Wagner que había sido removida del repertorio debido a las protestas. La mayoría del auditorio respondió con aplausos, pero varios asistentes se pararon y gritaron al conductor: "Fascista", "Vete a tu casa" y "Es la música de los campos de concentración". Imperturbable, Barenboim dijo que honraría los anhelos de la mayoría. Al cabo de media hora de discusión con la audiencia, indicó: "Este es mi bis personal para ellos". Los objetores abandonaron la sala ruidosamente, la música de Richard Wagner sonó en la sala de conciertos y la audiencia aplaudió con fervor. Cuando legisladores propusieron prohibir las performances de Barenboim en Israel, Zubin Mehta salió en defensa de su colega. El Comité de Educación y Cultura del Parlamento israelí declaró a Barenboim persona non grata. Tres años más tarde, el mismo Parlamento le concedió el prestigioso Premio Wolf, la distinción más destacada que confiere el Estado de Israel. La apasionante historia sobre el debate acerca de Wagner en Israel se puede encontrar en el artículo "Wagner en Israel, una controversia candente", de Julián Schvindlerman. (http://www.clublibertaddigital.com/ilustracion-liberal/59/wagner-en-israel-una-controversia-candente-julian-schvindlerman.html)